Más allá del Titanic: aquellos maravillosos transatlánticos
1/17 Listos para embarcar
"Enorme”, exclama Julio Verne en Una ciudad flotante, el relato de su travesía transoceánica, de Liverpool a Nueva York, a bordo del Great-Eastern, en 1867: “Este es el adjetivo que mejor define a estos gigantes del mar, grandes como ciudades flotantes, que se deslizan silenciosos y profusamente iluminados sobre la negrura del océano. ¡Enormes!".
En el “siglo de oro” de los transatlánticos de línea regular, la experiencia de la travesía quedaba grabada para siempre en la memoria del pasajero: la llegada al puerto, la visión de la inmensa embarcación, inabarcable con la vista; la subida a bordo –el primer pie sobre el gigante, el primer paso hacia el Nuevo Mundo–, hasta la amplia entrada. Todo se recordaba: la acogida, las indicaciones, las escaleras, los infinitos pasillos; el camarote -esa habitación tan particular- sólo para dejar el equipaje y volver a salir a la proa, la popa o a algún costado, para ver el barco zarpar.
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