¿Debe emocionarse un artista? ¿O hacerlo puede convertirse en un camino de perdición? Se hace uno estas preguntas después de haber asistido a la revelación de Ermonela Jaho como protagonista de Madama Butterfly en elTeatro Real. Y no hablo de revelación en el sentido de sorpresa, sino en la mejor acepción del misterio.
Misterio quiere decir que la soprano albanesa dio la impresión de ensimismarse en el papel de Cio Cio San hasta trasladarnos la sensación de que estaba amando, sufriendo y agonizando de verdad. Ni siquiera resultaba relevante la atmósfera nipona. O el vestuario. O la efectista ambientación cinematográfica de Mario Gas.
Percibíamos la tragedia como si estuviera ocurriendo. Y como si los suspiros y las lágrimas de los espectadores aspiraran a llegar al escenario en un abnegado esfuerzo de solidaridad o de empatía. No digamos cuando aparece el niño prohibido en los pasajes tremendistas que Puccini sabe colocar entre la demagogia y la catarsis.
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