
Pablo Neruda dando un discurso en la URSS, agosto de 1950. MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES DE CHILE

“Encima de mi cabeza el cielo tenía un azul tan violento como jamás he visto otro. Yo escribía en el bote, escondido en la tierra. Creo que no he vuelto a ser tan alto y tan profundo como en aquellos días. Arriba el cielo azul impenetrable. En mis manos el Juan Cristóbal o los versos nacientes de mi poema. Cerca de mí todo lo que existió y siguió existiendo para siempre en mi poesía: el ruido lejano del mar, el grito de los pájaros salvajes, y el amor ardiendo sin consumirse como una zarza inmortal”.
Raras veces volveremos a ser “tan altos y tan profundos” como en aquellos días de la adolescencia, de la adolescencia tardía. Cuando el mundo no descabalgaba jamás de su fragor palpitante: la gozosa catástrofe de ser tan jóvenes y de saberlo. Cuando nos perdíamos hacia nosotros mismos, en la muchedumbre de nuestra soledad; bajo el crepúsculo del muelle del verano y a la sombra de los versos de Pablo Neruda.
Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes
a tus ojos oceánicos.
Allí se estira y arde en la más alta hoguera
mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago.
Como náufragos eufóricos y delirantes, como capitanes dementes de un navío varado en la locura y el deseo (y la melancolía que produce el deseo, y el placer diabólico que exhala esa tristeza), miles de adolescentes durante el último siglo han llevado alguna vez en el bolsillo esos poemas del mago Neruda, escritos –será delincuente– cuando él mismo tenía veinte años; poco después de renunciar a llamarse Neftalí Ricardo Reyes Basoalto.
Hace un siglo o veinte años o veinte minutos que leímos esos versos del Neruda veinteañero, fundacional y adolescente, los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. ¿Por qué parece que el tiempo aquí no existe? Los escribió –contaba– entre la ciudad del interior y los viejos muelles de Carahue, en Chile, en la desembocadura del río Imperial: “...los tablones rotos y los maderos como muñones golpeados por el ancho río; el aleteo de gaviotas se sentía y sigue sintiéndose en aquella desembocadura”.
¿Por qué parece que los escribimos con él? Él escribía esos poemas “en el bote”: cualquier bote pobre, abandonado, varado en algún recodo de esos muelles del sur de Chile; nosotros lo leímos varados en la desembocadura de cualquier curso, entre la nostalgia y la expectación de lo que pudo ser y quizás, quizás sería al fin; de lo que no será jamás, tal vez, pero qué importa, qué importaba...: era la borrachera continua de estar vivo y de saberlo. Era la ebriedad de mundo y brisa y costa, y de anhelo y de abandono y de “blancas colinas, muslos blancos...”