“No creo en Dios, solo en el azar cabrón”
Cristina García Rodero
Se acostumbró a mirar de niña y no ha dejado de hacerlo. Recorre el mundo con su cámara, dispuesta a encontrar ese instante de vida que surge de una fiesta o de los cristales rotos de una historia. El dolor no le asusta. Le asusta que exista. Pero sigue retratando sus preguntas.
Esta mujer es una mirada. Estos ojos parece que van a volar. Ella misma está sentada al borde del asiento, como decía Patricia Highsmith que había que disponerse a crear. Y no se está quieta Cristina García Rodero, no se posa, y son esos ojos los que van más allá de lo que dice, como si estuviera fuera de aquí mientras habla.
Acaba de venir y ya se va. Como los grandes viajeros, como Paul Bowles, por ejemplo, al lado de la puerta de salida la espera una maleta. Así que cuando regresa (de Brasil, de Haití, de África, de la India, de Cáceres o de un barrio sin nombre) ya está dispuesta a irse. Ante la imagen que encuentra se transforma, de ahí procede esa mirada detenida y profunda desde la que te ve como si estuviera también mirando la sombra de lo que ya ha visto. En la memoria de su retina están la miseria y el dolor, la belleza y el misterio. Esa visión múltiple ha hecho que esta mirada sea más grande, como el universo que ahora está en sus libros y en lo que dice. Fiestas y martirio, dolor y paisaje.
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